Desde que nuestras miradas se cruzaron, supe que quería ser bigote. Transformarme y disgregarme hasta convertirme en filamento. Subrayar la nariz y esconderme, para darle personalidad al rostro. Como carta de presentación ignorada, que en ausencia se hace indispensable. “¿Qué es una cara sin bigote?” “Yo seré la respuesta”. Estaré pendiente esperando mi momento. Surcaré tus poros y tu textura como comedor recién barrido. Incisivo y delirante, pero firme en el trayecto. Prometo ser frágil y tensar tu cuerpo, hincar y ablandar las masas. Sabré trancar tus huesos y encolerizar tus músculos. Seré impermeable, rítmico y espontáneo como barredor de estrellas. Llámame filtro de impurezas y que los gemidos marquen el rumbo. Auscultaré tu geografía y cada vello será el colonizador de lo desconocido. Una lluvia de mayo.
No seré cualquier bigote. Y si he de fallarte, la navaja con la que me juzgues debe ser precisa. Si te acercas vivaracha un “Hitler” no vendría mal. Un mandato rotundo y autoritario para purificar tu raza en la mía. Si te acercas pintoresca, seré un “Dalí” y como hormiga detendré el tiempo para extender mis hebras y “surrealizarme” en tu vientre. ¿Mojada? Tranquila chica, que con la brocha “supermario” esparciré tu lúbrides como rocío en el mogote desterrando a Venus. Si estás indecisa seré un “puberto”. Un intento de bigote que reúna a los tucos en serie. Una sombrita precoz. La tímida y coqueta etiqueta de la metamorfosis. La afirmación del poderío. Un espectáculo andante. La sombra de mi nariz. Un bigote…



