–“Y ésta cabrona, ¿está incómoda?, “Obligau” que entró porque me vio desde afuera. Ella sabe que sé lo que necesita…No se atreve, humilde, me gusta.”
Canela e incienso impregnan el aire. El Dios te bendiga afrodisíaco seduce mi mirada. La muchedumbre al parecer no da cuenta de la majestuosa figura que hacía entrada. Lucía una sotana muy chic al estilo “cortine le windiu” que macheaba con sus bogo dos por uno de $19.99. Pantallas ni maquillaje, solo sudor y polvo urbano. Sonrisa de medio vivir que denotaba una larga trascendencia por el mundo. Me preguntaba su nombre y al hacerlo titubeé, pues si su apellido combinaba con el mío la unión sería insoluble. “¿Qué diría la gente?”
–¡Qué calor Dios mío!, que bueno que bendices esta isla con tu energía positiva. Este traje me esta matando pero sé que todo es por enaltecer tu gloria.–comentaba en voz solitaria mientras se acercaba a una panadería bajo un sol indecente– “Un café no estará de más para comenzar el día y someterme a tus pruebas de fe. Espero que hoy, “negrito-enfermo”, no quiera invocar al diablo. ¿Para qué aprenderme su nombre? –se preguntaba mientras recordaba a su verdugo–Cada vez le enseño más a dominar con su obelisco. Se que cuando crezca será mejor ser humano. Todo esa energía y ese lenguaje animal hay que canalizarlos y que mejor que…”–Aleluya por lo menos aquí hay aire.–exclamó mientras balanceaba su cuerpo en son de sabiduría.–Que bueno que todavía queden caballeros, gracias señor Dios lo bendiga, esa puerta estaba muy pesada.–y así tras agradecer a un joven benefactor que le abrió la puerta, se dirigió a la fila del café.
El calor lo abatía. Iban dos días desde que el acondicionador del carro dejó de exhalar. Llegar a cualquier sitio era un infierno y para esto tenía que contar con una muda adicional de ropa. El sudor parecía septiembre y cada gota se daba su puesto en salir e humectar el área seleccionada. Así mismo, teñían las camisas con figuras geométricas no muy convencionales. Óvalos oblicuos, cuadrados semi-triangulares y un sinnúmero de atrocidades figurativas, se ofuscaban en oscurecer su camisa Armani de $52.49.
Al deslizar su mano por el cabello notó como el rocío de transpiración hacía visible la necesidad de refrescar el cuerpo. Era una pesadilla y se lamentaba maldiciendo indiscretamente a cuanto automovilista se le cruzara y le diera el mínimo indicio de ofensa menor. De cortes de dulce de panadería y disonancias armónicas habitualmente se nutrían sus recorridos. Gomas pinchadas, pedazos de vehículo cayéndose y efluvios de restaurantes de comida rápida en los interiores, hacían de sus trayectos una verdadera serenata de reconciliación no deseada. Todas las semanas era lo mismo y ya era uso y costumbre la odisea.
Cuando la mono bocina del radio en el carro anunció que había sólo un 30% de probabilidad de lluvia, su paciencia colmó, pues hacía 10 minutos que se había topado con el infortunio en medio del tapón de la calle prócer. El fusible de las ventanas se había quemado y un sensor del motor hacía indicios de que la vida del vehículo estaba por terminarse. Decidido a vencer el sistema, abandonó el vehículo en medio de un cambio de luz, abrió el baúl, agarró su muda extra y con su frente en alto llegó hasta su cafetín favorito. Antes de hacer la fila por supuesto el cambio de ropa era un “must”.
–Un “Frappuccino” más blanco que negro y sin mucha crema por favor y gracias.–le ordenó al cajero al alcanzar el fin de la fila– ¿Cuál es el vaso más grande?,
–$6.99– respondió el cajero.
–Diache, pues dame el más pequeño–contestó mientras se dirigía a cambiarse por la reciente chubascada– Al sentarse, se percató que había dejado de llover mientras se cambiaba en el baño. Miró hacia afuera y notó un sol que en media hora borraría el rastro de cualquier inoportuno previo. Daba calor mirar hacia fuera, pero ya no había más por hacer que resignarse al deseo estomacal.
La distractora notó que no había más lugar que el de al lado de este único hombre refinado, que tomaba una sofisticada mezcla de café con sustancias frías de manera indiferente. Tomó lugar a su lado pensando que este podría dejarla en paz mientras se tomaba un café negro sin azúcar. Al sentarse pidió excusas y notó que la mirada de éste le recordaba a “negrito-enfermo”. –Ésta, nerviosa, decidió esquivar cualquier inicio de conversación que pudiera denotar el mayor punto de debilidad ante el encuentro.
“Se hace la difícil como si yo no supiera, me miró tan raro que al parecer le recuerdo algo.”–Pensaba el hombre.–
–Hermana, ¿por qué me mira como si me conociera de alguna parte?
–Es que su mirada me recuerda a la de un niño que ayudo. –contestó–
–¿Y cómo se llama ese niño?–comento con un recién adquirido interés–
–No puedo decirle. –Mientras volteaba su vista en señal de rechazo. A su vez su receptor parecía confundido ante la hostil respuesta–
“Pensé que era por algún secreto de profesión y no seguí preguntando. Luego de establecer el vínculo, me decidí a conquistarla. Mentí sobre que me interesaba el trabajo voluntario. Le dije que apreciaba la valentía de una mujer al enfrentarse a la sociedad a través de la religión y sus convicciones. Ésta sonreía cada vez que hablaba, cada vez olvidaba más su hábito. Yo sentía que ella me enredaba, en vez de yo con mi prosa. Le comenté que yo también me enfrentaba al sistema y que acababa de venir de una pequeña insurrección automovilística.” –Ésta se sonrojó, y ambos nos miramos, como si entre el reflejo de la luz y sus ojos se continuara conversando–
“¡Qué verborrea más grande, Dios mío! ¿Por qué me pruebas así? ¿Acaso no es suficiente el niño del convento? Me lo reencarnas en este buen mozo y a su vez lo haces amigable, lo pintas y lo sofisticas. ¿Qué quieres de mí, señor? ¿Qué querrá este hombre de mí? ¿Qué puedo ofrecerle? –mientras su cuerpo comenzaba a debilitarse ante la inminente amenaza.
“Obligau que me la llevo”–Pensaba el joven–
–¿Quiere que le dé un pon hacia el convento?
–No se preocupe.–respondió la hermana con falsa humildad–
–Insisto, en estos días y con estas calores no se puede andar caminando para todas partes. Véalo como un leve descanso pues sé que le espera un día fuerte. ¡Venga, hágame caso!
Al llegar al vehículo notaron como un chofer de grúa se disponía a remolcarlo por orden de la policía. Ambos se alarmaron pero la hermana con su dádiva prosa y sus bendiciones logró cambiar de intereses al chofer. Éste no dudó en retractarse y largarse de una buena Fé. Por el camino chacharrearon como si hacía una vida que no se vieran. La química fue tanta que no duraron más de 20 minutos conversando y rápido tomaron un desvío para amenizar las reacciones. Se detuvieron frente a una excavación de un nuevo centro comercial en el casco urbano. Se estacionaron dentro, pensando que nadie los encontraría allí, pues las labores se habían suspendido por ser día festivo.
Diversos enlaces desgarraron ropas y provocaron que el intercambio de agentes fuera variado. Entre la gimnasia y el transformismo, los cánones se fueron rompiendo, el estrés liberando y las almas uniendo. La clásica mano sacudiendo el vapor en el cristal no podía faltar y aunque fueran las dos de la tarde, la unión se notó refrescante como tiempo de tormenta.
El movimiento alarmó al joven y tras notar como que su obelisco se hacía trisas… escapar se hacía imposible. Su corazón palpitaba sin cesar. El sudor nuevamente ocupaba su cuerpo. La hermana cada vez se difuminaba ante su presencia. Minutos antes del fin, vio como la hermana lo miraba desde arriba del hueco.
Noté su sonrisa y como se despedía con su mano tras mencionar su nombre…

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